Cuento veraniego: Rarezas llenas de normalidad

Érase una vez un niño muy triste al que todos daban de lado, un niño con el que nadie quería jugar, aunque ninguno tuviera un motivo real para hacerlo. Le llamaban "el gordito", "el zampón", "el raro", "el solitario", "el triste aburrido", y, algunos, incluso le llamaban "el extranjero".
Juanito, que así se llamaba, pasaba las horas de sus días junto al mar, intentando pescar, aunque no supiera hacerlo, ni su objetivo fuera el de hacerse con los peces. A Juanito le gustaba observarlos,  incluso les hablaba, aunque nunca le contestaran.
Jesse Kuhn image
Ilustración de Jesse Kuhn

 

Juanito, al ver los peces asomarse por la superficie, pensó que sus amigos querían volar como hacían los pájaros del aire a los que parecían mirar con envidia.
Un día, como tenía todo el tiempo del mundo, y poca gente con quien compartirlo, inventó una lienza de pescar unida a una cometa. Al principio los peces eran reacios a picar, y ninguno se acercaba. Juanito no ponía carnada para atraparles, como hacían el resto de los pescadores. Él hablaba con ellos, a la espera de que llegaran a entenderle. Los peces pasaban a su lado, se asomaban, incluso parecían escucharle, pero ninguno se acercaba hasta ese anzuelo de plástico, que, en realidad, era un medio para agarrarse y poder volar y soltarse cuando quisieran.
Juanito, día tras día, les pedía que mordieran ese anzuelo para poder volar, pero los peces no lo hacían. La persistencia de Juanito finalmente dio sus frutos. Un día uno de esos peces (uno que acudía allí a diario) se acercó hasta su anzuelo y lo mordió, apretando su boca para no soltarlo. Entonces Juanito, emocionado, soltó el hilo y el pez comenzó a volar, moviendo su cola alegremente hasta alcanzar varios metros de altura. Después, abriendo la boca, el pez se soltó y volvió al mar.
Juanito se emocionó, pero más aún cuando vio al pez repetir la jugada, enganchándose otra vez, y subiendo de nuevo al aire. En media hora no eran menos de doce los peces que allí repetían la acción, disfrutando del deleite de sentirse pájaro por momentos.
El espectáculo fue tal que no tardaron en acudir al muelle todos los niños del pueblo, comprendiendo que nuestro amigo Juanito era raro, sí, pero también era un ser maravilloso.

Y es que, a veces, las mayores rarezas están más llenas de normalidad de lo que pensamos...

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